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Somos Jor y Gonza, dos personas apasionadas por viajar, fotografiar y vivir la simpleza de lo cotidiano. Nos conocimos en uno de esos paraísos que tiene nuestro mundo y un día decidimos dejar atrás lo cómodo y conocido para subirnos al Fusca, nuestro WV Escarabajo'80 y dejar que el viento nos lleve.

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We are Jor and Gonza, two young, passionate people, that love travelling, taking pictures and living simply. We met at one of those paradises of our world and one day decided to leave confort and know behind to get on our 1980 VW beetle and let the wind take us. 

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Llevados por el Viento es un blog de viajes mediante el cual intentamos compartir nuestras experiencias y aventuras a través de un recorrido por el continente americano.

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September 28, 2018

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El Litoral Uruguayo

December 30, 2016

Así como la visita a Minas Gerais era una deuda de nuestro tiempo en Brasil, siempre sentimos que nuestro paso por Uruguay había sido muy corto y limitado. Llegado diciembre, con la carpa de techo (RTT) necesitábamos hacer algunas pruebas piloto para testearnos y testearla, por lo cual con el fin de "matar dos pájaros con el mismo tiro" además de huir de la gran urbe durante las fiestas (algo a lo que ya nos habíamos acostumbrado los tres), partimos hacia Uruguay sin itinerario fijo pero con muchas ganas de conocer y hambre de descubrir.

 

Salimos de Buenos Aires el 23 de diciembre, por la RP6 hasta la localidad de Zárate, donde dejaríamos la provincia y tomaríamos la RN12 que luego se convertiría en RN14 hasta la localidad de Gualeguaychú. No teníamos apuro, todo lo contrario, sabiendo que la sociedad viviría las próximas 48 horas con toda la intensidad, decidimos nosotros tomárnoslas con calma. 

Antes de llegar a Gualeguaychú, ya habiendo recorrido 200km, decidimos detenernos a descansar y a almorzar unas ricas empanadas que nos habia preparado Doña Kety, madre de Jor. Mientras almorzábamos a la sombra y Leia descansaba del calor del viaje, vimos otra pareja viajera llegar a la Estación de Servicio, así conocimos a otra pareja viajera que estaban volviendo luego de 18 meses de viaje por Sudamérica a bordo de una camioneta Peugeot Partner. Cortas charlas y compartir de anécdotas y en una hora volvimos a la ruta los tres... listos para encarar los últimos kilómetros del día y el normalmente atareado cruce fronterizo. 

 

Salimos a la ruta y a los pocos kilómetros entramos a la localidad de Gualeguaychú, que había que cruzar para volver a la ruta que nos llevaría a Uruguay. Entre Argentina y Uruguay hay varios pasos fronterizos terrestres, más allá de los "puentes aéreos" y los famosos ferrys que unen Buenos Aires con Carmelo, Colonia del Sacramento y con Montevideo. Nosotros pasaríamos por el paso terrestre más sur, el cruce Libertador San Martín.

 

Luego de transitar 40 km desde Gualeguaychú hacia el noreste, llegamos al puente donde centenares de camiones hacían fila para verificar sus cargas y respectivos papeles ante la aduana. Por suerte la aduana para particulares era diferente a la de los camiones, por lo cual seguimos viaje remontando el puente y recién una vez atravesando el Río Uruguay, llegamos al control migratorio y aduanero, resumido en un único tramite donde haríamos tanto la salida de Argentina como la entrada en la República Oriental del Uruguay. Ésta vez, el trámite sería fácil, rápido y si bien la temperatura rondaba los 40 grados de calor no se veía reflejada en el ánimo de los empleados aduaneros... mientras que a nosotros los tres viajeros, nos agotaba y solo queríamos entrar al agua que veíamos. 

 

Desde la frontera a 7 km se encontraba Fray Bentos, localidad tranquila, ordenada y que sería nuestro primer destino de esta nueva aventura. Dimos una vuelta por la silenciosa y acogedora ciudad y buscamos alternativas para pasar la noche. Luego de encontrar algunas opciones, visitar los baños públicos de la costanera y caminar un poco con Leia, decidimos volver al centro de la ciudad a sacar dinero desde un cajero automático (descubrimos que esta opción era muy buena en situaciones donde el cambio oficial es mucho mejor que el cambio "real") y aprovechamos para visitar una oficina de turismo local. En la oficina de turismo preguntamos por lugares para acampar, siendo nuestra primera experiencia en la carpa, pensamos que sería una buena idea comenzar fácil así que preguntamos y si bien la señora que nos atendió no sabía mucho (estaba cubriendo a una amiga de vacaciones), nos dijo que la mayoría de los lugares para acampar y visitar eran en Las Cañas, una localidad a 8km al sur... hacia allá fuimos!

Con 24.000 habitantes, Fray Bentos muestra el mejor lado de Uruguay, gente amable, tranquila y un pueblo con ritmos suaves y calles vacías a la hora de la siesta aunque con una costanera activa mientras el sol cae sobre el Rio Uruguay. El nombre Fray Bentos acarrea cierta incertidumbre, no obstante hay coincidencia en que podría provenir de un fraile de apellido Bentos, un religioso ermitaño que se instaló en la zona denominada hoy como "Caracoles".

 

En las afueras de la ciudad, camino a Las Cañas descubrimos una enorme estructura industrial, hoy convertida en museo. Algunos historiadores consideran que al instalarse en su territorio la empresa Liebig, se inició la Revolución Industrial en el Río de la Plata y tan importante fue que en esta localidad se creó la "pastilla de carne" conocida hoy en día como el famoso "caldito". En 2015 fue incluida en la lista del patrimonio de la Humanidad por la Unesco, dentro del conjunto Paisaje Cultural Industrial Fray Bentos.

 

Las cañas es un barrio con casas de clase media y vehículos con placas tanto argentinas como uruguayas. Emplazado sobre la costa del río, es un complejo turístico de 90 ha aproximadamente, emplazado en un monte autóctono de cañas, (Cañas Tacuara dan nombre al lugar) ceibos y variedad de árboles nativos, con amplias playas de arena y aguas limpias y calmas. Hay un area de casas, algunos alojamientos tipo "bungalows" y un enorme sector de Camping. Este sector está dividido en varias zonas, las que cuentan con suficiente infraestructura sanitaria, duchas de agua caliente, parrilla y piletas de lavar. También hay varias proveedurías, restaurantes, venta de artículos artesanales y regionales, sala de primeros auxilios y cuenta con comisaría propia. Con una población estable de 200 habitantes, en su mayor momento del verano, Las Cañas ha llegado a recibir más de 20.000 personas en un solo fin de semana, aunque conversando con dueños de provedurías nos comentaron que en el año 2000 llegaron a triplicar ese número. Hoy en día, si bien el turismo está bien, es difícil que los 4 sectores del camping (van desde la letra A a D) se llenen completamente. 

Nos acampamos retirados de los otros visitantes y considerando que era 23 de diciembre, el lugar estaba bastante vacío. Aprovechamos la sombra y refugio del viento para acampar y luego de armar todo nos fuimos al río a refrescar, Leia incluida. Un atardecer mágico sobre el río y cenamos una picada con empanadas, salamin y cerveza también. Que buena manera de comenzar nuestra visita a la Banda Oriental! Los argentinos suelen llamar Banda Oriental a nuestro país vecino, pero pocos se detienen a pensar en el origen del nombre. El primer nombre del país, independiente fue Estado Oriental del Uruguay y efectivamente a eso hace referencia, al pais que se encuentra al este del Río Uruguay y que anteriormente era la Banda Oriental del Virreynato del Río de la Plata por lo que muchos bromean en que Uruguay es una provincia Argentina, broma que no cae bien entre los nativos orientales.

Al día siguiente, el calor persistió aunque esta vez estaba nublado. Desayunamos y mientras Jor se duchaba paso una patrulla del camping preguntando si habíamos pagado y cuando les comentamos que no sabíamos dónde estaba la administración, nos dijeron que no había problema, porque era solo una noche, así que nos alojamos gratis. Partimos por la Ruta Nacional 2 hacia Mercedes (35km), localidad ganadera llena de calles empedradas y puertas de colores, con una muy bonita costanera sobre el Río Negro, río que atraviesa Uruguay en diagonal desde el noreste al sudoeste.

En esa misma dirección va la ruta 21 que nos llevaría hasta Carmelo, localidad de 20.000 habitantes, en la desembocadura del Arroyo Las Vacas y sobre el Río de la Plata. Nos despedimos de la Ruta 2 que va hacia Montevideo y tomamos la R21 hasta llegar a Carmelo a 106 km de Mercedes. La amplitud de las márgenes y el avistamiento de grandes islas que separan una margen de la otra del Estuario, dan una clara explicación que ya habíamos abandonado el río Uruguay y nos encontrábamos ya en la desembocadura del Delta hacia el Océano Atlántico. Carmelo cuenta con barrios muy nobles, bodegas famosas por la uva Tannat y algunos hoteles lujosos, pero además una amplia y bonita costanera que marcamos como posible lugar para acampar a la noche aunque como era temprano, por ahora nos dedicamos a almorzar en la costanera, un chivito en sandwich para Gonza y una hamburguesa para Jor.

El clima estaba caliente y el ánimo era de explorar un poco más, por lo tanto decidimos hacer 35 km más hasta la localidad de Conchillas y luego unos 7km más hasta la playa de Conchillas donde hoy en día se ha instalado la controversial planta de Botnia (que fue repudiada por la población de Gualeguaychú) con el nombre de ENCE. Con 400 habitantes y sin asfalto en su localidad, Conchillas tiene una playa de arena y un camping frente al río, con baños (agua fría) y áreas de parrillas.

Este fue el lugar elegido para pasar el 24 a la noche, lejos de las ciudades y los fuegos artificiales... lugar para estar en paz y tranquilos. Leia, corría por la arena, Jor y Gonza se dieron unas duchas de agua fría y preparamos una cena bien rodanteros: fideos. 

Llegada la noche nos fuimos a dormir temprano y nos despertó el viento y la lluvia que estaba luchando contra nuestro nuevo gazebo... pero más allá de luchando, estaba ganando la lucha. Gonza bajó a reforzar los seguros y mientras Leia miraba desconcertada, la lluvia y el viento continuaba... pero un par de horas más tarde, ya con el sol saliendo, nos despertamos por el ruido del viento y mientras guardábamos todo en su lugar nos dimos cuenta que el gazebo no era amigo del mal clima! Casi lo perdemos, pero con la lluvia, fría y ventosa, no sólo se nos mojo la cachorra, ni la ropa que teníamos puesta, se nos mojaron los planes de usar el gazebo en días lluviosos. Prueba y Error. Metimos todo en el auto y conducimos 10 minutos hasta que encontramos una oficina de la Armada Uruguaya, abandonada y con un techo de chapa como si fuese un garage. Ahí nos estacionamos y desarmamos todo lo húmedo, lo sacudimos, nos pusimos algo de ropa seca (la única que teníamos) nos calentamos agua y nos sacamos la mala onda de encima. Misión que no fue fácil, pero tampoco imposible. Ante la promesa de que encontraríamos una ducha caliente, (que nunca llegaría) salimos a la ruta.

El mal clima seguía pero al menos nos habíamos acomodado y si bien Conchillas, parte del departamento de Colonia, quedaba cerca de Colonia del Sacramento, famosa por sus calles, decidimos seguir viaje. Colonia había sido visitada por nosotros hacia menos de dos años asi que decidimos saltearla y seguir viaje hacia la capital uruguaya: Montevideo. Camino a Montevideo la lluvia se adueñó del paisaje y nos detuvimos para cargar combustible y buscando una ducha caliente, pero lamentablemente no la encontramos por la mañana ni al mediodía mientras estábamos en los barrios periféricos de la capital yorugua.

En la ruta le mandamos un mensaje a unos seguidores de nuestro viaje, en parte buscando alojamiento y secado y lavado (en ese orden!) de ropa pero también unos mates serían bienvenidos. Así fue que  pasamos unas horas recorriendo y almorzamos en Montevideo, aprovechando que 25 de diciembre pocas personas estarían en El Centro, la Plaza Independencia y la puerta a la ciudad vieja.

Recorrimos la larga rambla pasando por los barrios de Pocitos, Buceo y Carrasco donde nos encontramos con nuestros amigos Atali y Raul y donde Leia aprovechó para correr por la arena también. 

Las distancias en Montevideo son cortas y en pocos minutos ya nos encontrábamos en las afueras visitando los primeros balnearios. La pregunta ahora era doble: 1) Donde nos ducharíamos? 2) donde dormiríamos? No hacia tanto de que nos habíamos duchado (48 horas) pero el frío que habíamos pasado este día nos alentaba a calentarnos y sacarnos el sudor y el donde dormir siempre sería una incógnita. Habíamos hecho 220 km desde Conchillas hasta Montevideo por la ruta 22 y luego la Ruta Nacional 1, pero aún habia algunas horas de luz... así que seguimos hacia los próximos balnearios: Atlántida, Argentina y Parque del Plata hasta encontrar un camping en la localidad de Solis donde un buen muchacho nos dejó ducharnos gratis, aunque era una ducha fría... y bueno, a caballo regalado... 

 

La ducha fue revolucionaria y seguimos por la ruta IB (Inter Balnearia) hasta haber hecho 90km desde Montevideo y encontramos un buen lugar para pasar la noche, en el balneario de Las Flores, al costado de la ruta, mirando el mar, con el ruido de las olas y protegidos por unos árboles... más no podíamos pedir. 

 

Nos despertamos otra vez con humedad y nubes y mientras desayunábamos comenzó la garúa, por lo cual levantamos campamento y fuimos a conocer Piriapolis que estaba a 10km. Aprovechamos para hacer unas compras de frutas, verduras, pan y fiambres. También aprovechamos para secar ropa en la costanera y editar fotos de nuestros primeros días en Uruguay. Nos detuvimos en frente al Hotel Argentino, (donde había Wifi y mucha resolana!!!) edificio emblemático, fundado por Pira (fundador de Piriapolis) así como el castillo Pittamiglio, también creación del mismo. 

Piriápolis tiene un curioso origen... Francisco Piria, un uruguayo que fue de jóven junto a su tío a Italia y a la vuelta comienza a establecer comercios y crecer en el rubro inmobiliario en Montevideo. En 1890 crea su Establecimiento Agronómico en esta region donde cultiva olivas, tabaco y uvas. Alrededor de este establecimiento, sueña con fundar su propia ciudad, y construyendo, su residencia: el Castillo de Piria y luego el Hotel Argentino, funda Piriapolis en 1913.

 

Una rambla amplia y soleada con poca arena en marea alta, pero suficiente durante gran parte del día para caminar o correr, alienta a los locales a caminar viendo un río-mar que cada vez se parece más al Atlántico y menos al Rio de la Plata. Desde Piriápolis, una vez secos, alimentados y provistos de comida para los próximos días, decidimos seguir hacia el Este, por la ruta interbalnearia (IB) hasta el gigante glamoroso del Este: Punta del Este.

 

Con 12.000 habitantes registrados en esta ciudad, cuenta con suficiente capacidad hotelera y de vivienda para albergar 450.000 visitantes, que lo hacen especialmente desde navidad hasta carnaval, o dicho en calendario: desde fines de diciembre hasta mediados de febrero. A los pocos kilometros (40) de Piriápolis, comenzamos a ver de repente grandes publicidades advirtiendo la construcción de torres monumentales y complejos millonarios mientras los vehículos que nos pasan (esto es lo normal cuando se viaja a velocidad paisaje) también empiezan a denotar ostentación y lujo. Por la ruta IB se llega primero a Punta Ballena, un lugar de complejos modernos, con pocos pisos y muchos jardines, con vistas al mar y con playas de agua calma. En el camino, casi llegando a Punta del Este está Casa Pueblo, obra del pintor y escultor uruguayo Carlos Páez Vilaró, realizada durante 36 años y considera como una escultura habitable. En su interior cuenta con varias salas en dirección al mar, donde constantemente se llevan a cabo exposiciones de esculturas, pinturas y cerámicas. El lugar también es famoso por las puestas de sol que pueden observarse desde su arquitectura. 

 

Pasado este sitio llegamos a Punta del Este donde nos dan la bienvenida enormes torres de más de 30, 40, 50 pisos que imponen con sus estructuras de metal y vidrio. Por debajo, una costanera simpática, con restaurantes y un club de yates y veleros al final de la rambla, donde se puede virar hacia el norte y abandonar la playa de la mansa para encontrar la playa de la brava, literalmente la primer playa oceánica sin ninguna influencia Del Río de la Plata. Aunque eran finales de diciembre, nosotros aún encontramos Punta del Este (una ciudad visitada cada verano por un poco más de 1 millón y medio de visitantes) bastante calma y pudimos circular tranquilos. Llegamos al monumento de la Mano... monumento tan simbólico de la localidad como extraño... una mano saliendo de la arena, que querrá decir? No importa... nosotros estábamos ahí!

Almorzamos, mientras descansaba el Fusca, Leia también y nosotros planeábamos la tarde. Algunas personas se acercaron a preguntar por nuestro viaje y se sorprendieron cuando supieron cuan lejos habíamos llegado. Luego del almuerzo decidimos seguir hacia el Este, dejar Punta del Este y encontrar alguna playa para acampar. Nos subimos al Fusca y descubrimos el lado Este de esta ciudad, grandes mansiones, hermosas playas y al cruzar el Arroyo Maldonado, lo hicimos en el famoso puente ondulado que nos llevó hasta La Barra de Maldonado o popularmente conocida como La Barra, el lugar donde está la movida nocturna que tanta fama le da a esta ciudad. Con un origen de pueblo de pescadores, se ha convertido en un ícono de quienes quieren ser vistos y quieren ver a otros, el "lugar para ser y estar" en Punta del Este. Muchos autos, ruidos y colores pastel hicieron que siguiéramos hacia el noroeste hasta José Ignacio que tiene todo el glamour y casas aún más grandes pero se diferencia por ser un lugar donde la gente se oculta en lugar de mostrarse. Grande empresarios, artistas o deportistas tienen sus lujosas casas en esta pequeña Villa que tiene una población estable de menos de 500 personas, y todo esto a 30km de Punta del Este. Por su simpleza, su poca popularidad y sus bonitos pequeños emprendimientos gastronómicos, José Ignacio fue nuestro balneario favorito. 

El marco y el nombre al lugar que se encuentra entre dos lagunas (laguna Garzón y Laguna José Ignacio) deriva del nombre del Faro que data de 1877. Por que al faro se le llamo así tiene que ver con una estancia que tenia el Virrey Ceballos en la zona pero nadie ha sabido descubrir por que a esa estancia se la llamó con ese nombre.

Paseamos un poco a Leia para que estire las piernas y a la salida de José Ignacio descubrimos un  barrio llamado La Juanita con varios estacionamientos en la playa que serían ideales para pasar la noche, pero como todavía había luz, decidimos seguir hasta la Laguna Garzón y cruzar otro puente, reciente pero igual o más original que el ondulado, el Puente Circular. Llegamos a la Laguna Garzón que también parecía un buen lugar para acampar pero nos convencieron más las playas de La Juanita así que hacia allí fuimos. Acampe, cocina, caminata por la arena y a descansar, esta vez a diferencia de los días anteriores, sin lluvias!

A la mañana siguiente nos despertamos con un rico desayuno frente a las dunas y el mar y luego volvimos a José Ignacio a utilizar las instalaciones de una estación de servicio, donde compramos algo extra para desayunar por segunda vez (unas medialunas), usamos baños e internet. A la vuelta había una verdulería donde compramos frutas y verduras y luego seguimos viaje, esta vez por la Ruta 9 ya que la IB se corta por la Laguna Rocha, luego de la Laguna Garzón. Por la Ruta 9, hasta La Paloma teníamos 90km pero 30km antes nos detuvimos en Rocha, ciudad interior, de campo, capital del municipio... con una misión. Nuestra misión era conseguir una botella de gas butano ya que nos habíamos quedado sin gas el día anterior. Recorrimos todo el pueblo desde un local hacia otro, hacia otro, hacia otro pero nadie parecía tener gas butano, así que decidimos seguir hasta La Paloma, donde arribamos casi al mediodía. Nuevamente comenzó la misión hasta que dimos con el lugar cierto, donde compramos dos botellas ante la perspectiva de un futuro complicado.

Además de esto habíamos descubierto que en La Paloma había duchas que se alquilaban para los visitantes que llegaban en velero al puerto... Listo! Teníamos todo lo que necesitamos. Fuimos hasta el puerto y por 1,5 dólares por persona, nos dimos unas ricas duchas calientes.

La opción de dormir en algún lugar inhóspito competía con dormir en el playon de estacionamiento del mismo lugar, La Paloma, que decía con un cartel: Estacionamiento de Motorhome. Aquí pasamos la noche y nos cocinamos unas pastas. De vecinos, algunas casas rodantes argentinas y otros motorhome uruguayos. Por la mañana, aprovechamos con Leia para pasear y correr por la arena y luego de visitar el faro nos fuimos a descubrir un poco más de la costa de Rocha, hasta la vecina localidad de La Pedrera. 

Solo 15km separan a estos dos lugares tan diferentes. La Paloma, con 5300 habitantes es un balneario tradicional de la costa uruguaya, con calles anchas y casas alpinas, o construidas con piedra y madera. El Centro cuenta con muy poca vegetación y tiene un boulevard, donde se establecen los principales comercios. Es una ciudad plana y con el faro y el puerto como puntos principales que marcan el sur y el norte de la ciudad, aunque a su lado norte aparecen las localidades de La Aguada y Costa Azul. 

​Mientras tanto, La Pedrera, un balneario más moderno, con 350 habitantes permanentes tiene aire de Villa, ubicada en un cabo rocoso, donde está la calle principal, que todas las tardes se convierte en peatonal. Una calle angosta, con puestos de artesanos y pequeños locales muy estéticos de gastronomía Gourmet o de objetos de decoración/souvenirs. No cuenta con los principales comercios o servicios (gasolina, materiales de construcción, grandes mercados) ya que estos están en La Paloma, y así ayuda a mantener el estilo de Villa a esta bonita localidad. Las casas escondidas en el bosque con estilos arquitectónicos modernos y algunas construidas en las dunas le dan un estilo tanto glamouroso como simple, al lugar.

A los costados del cabo hay dos playas, la Playa del Barco que mira hacia La Paloma, un playa popular entre los surfistas y la playa del Desplayado, una extensa barra de arena gruesa que se extiende más allá de la localidad y se pierde en el horizonte a casi 10 km del pueblo.

Nosotros elegimos esta playa para pasear con Leia y caminamos gran parte de su extensión, nos metimos al mar y comimos algunas frutas. A la vuelta nos dimos un baño de agua dulce en la ducha que se encontraba en la Playa del Barco y luego nos deleitamos con una pizza y cerveza uruguaya en un barcito del centro de La Pedrera. 

 

Como lugar para dormir elegimos una entrada de playa del balneario vecino, Costa Azul. Ya cenados, solo faltaba armar la carpa y descansar. La mañana siguiente el sol subió con prisa y con fuerza y a las 8:00 ya estábamos desayunando y planeando nuestro día.

Tomamos la Ruta 10 hacia el noreste y a 30km bajamos en el próximo pueblo, Oceanía del Polonio, un lugar de muy pocas casas, grandes dunas y una plaza absolutamente desértica. En el centro del la playa se formaba una pequeña piscina donde la arena tomaba una extraña textura arcillosa de color gris. Mientras Leia nadaba en la piscina, nosotros nos deleitamos con esta particularidad.

Por su estilo inhóspito y agreste, Oceanía del Polonio se convirtió en nuestro balneario favorito. Sin un solo comercio y con mucho bosque, probablemente en unos años, éste sea otro balneario al estilo La Pedrera. 

Seguimos 20 km más hasta llegar a la Barra de Valizas, un lugar donde la vegetación se limita a la restinga y la sombra es un bien muy preciado. Valizas es un pueblo tranquilo, horizontal con un aire de villa de pescadores y una mezcla con componentes hippies modernos. Fuimos primero a la playa, nos cambiamos ahí mismo en una bajada, donde dejamos el auto y bikini puesta, salimos con Leia a descubrir las dunas y esta playa de aguas calmas, arena oscura y casitas simples que miran hacia el horizonte. Mientras caminábamos hacia el lugar de descanso y disfrute, percibimos la presencia de varios lobos marinos muertos, en la arena, lo cual atraía principalmente a nuestro can. 

Caminamos hasta encontrar nuestro lugar, un poco alejados de los demás (Valizas tiene una playa enorme que se extiende hasta donde llega la vista) y ahí hicimos base. Fuimos al mar los tres, si bien Leia no es muy fan de las olas (aunque aquí eran pequeñas) así que se quedó más cerca de la orilla. Aprovechamos para comer un rico melón que habíamos comprado y tomar unos mates a una exposición del sol que llegada cierta hora urgió a que nos levantáramos. Desde Valizas hacia el sur, se puede caminar por los medanos y a 8km se encuentra la localidad de Cabo Polonio, o también se puede ir desde otro camino próximo a la ruta interbalnearia. Nosotros elegimos esta segunda opción, pero lo haríamos más cerca de la tarde. Fuimos a buscar un lugar para dormir y luego nos dirigimos a la localidad siguiente hacia el norte, Punta del Diablo. 

 

Antes de llegar a Punta del Diablo, pasamos por Aguas Dulces, a 12km y descubrimos un lugar con lindas playas, bastantes olas y viento, pero con muchas oportunidades de terrenos. Luego de la pasada volvimos a la ruta e hicimos 45km hasta que las rutas 9 y 10 se encuentran, en la Punta del Diablo. Llegamos con hambre y paramos en un parador de la ruta donde compramos unos sándwiches y una bebida, solo que el Fusca no volvió a arrancar... justo apareció un hombre que nos ayudó a empujar el auto hasta que arrancó y una vez esto nos pidió si podíamos hacer lo mismo con su camioneta. Luego de empujarla varias veces percibió que estaba pinchado el radiador y el problema venía por otro lado así que pidió que lo llevemos de tiro hasta su casa, en El Centro de la ciudad.

Llegamos hasta la casa de este buen hombre, donde conocimos a su mujer y quedamos en pasar más tarde, pero desistimos por causa del horario. Punta del Diablo tiene varias playas, y un centro bien animado. Hacia allá fuimos, primero a la Playa de los Pescadores, donde hay varios restaurantes y bares. En la arena se ven los botes de pesca artesanal, que se acercan a la playa para ofrecer a los visitantes la pesca del día. Hacia el sur de la ciudad esta La Playa de la Viuda,  donde nos dimos un gran chapuzón luego de atravesar una duna gigante ubicada al sur y luego fuimos hacia el norte de la ciudad a la Playa de Rivero, donde almorzamos y descansamos. Leia no daba más del calor y nosotros tampoco, así que nos volvimos a subir al fusca y nos fuimos hacia "el Polonio".

 

Volvimos para atrás sobre la ruta 10, unos 15km y llegamos hasta una especie de Estación Terminal donde hay una cafetería, baños, un estacionamiento gigante y es desde donde llegan y salen los camiones areneros que transportan gente hasta el Cabo Polonio. No puede irse con el auto propio, así que tuvimos que comprar este beneficio (20 dólares por persona ida y vuelta).

Cabo Polonio tiene un centro muy romántico con muchas tiendas de artesanías y objetos de diseño, casas coloridas y un faro que enmarca a esta punta que entra en el mar en un lugar hermoso digno de conocer. Sin acceso a luz de red (hay muchos paneles solares y aerogeneradores) y sin tránsito, el ruido de las olas junto a los gritos de los lobos marinos (hay una colonia estable) mezclado con el canto de las gaviotas, hacen de este lugar un espacio preferido para descansar y contemplar.

Nosotros luego de recorrer la villa, nos establecimos en la arena a contemplar el atardecer, acompañado de unos obvios mates y un budín de manzana, comprado localmente. 

Si bien el plan había sido ir a ducharnos y dormir en Valizas, como se nos había hecho tarde, decidimos ir hasta La Paloma donde tomamos una ducha y luego estacionamos en el estacionamiento de Motorhomes. La mañana siguiente volvimos a la ruta, sin apuro, pasamos por la estación de servicio luego de desayunar y usamos sus servicios. Nuestro objetivo ahora sería volver al "litoral" siendo que habíamos llegado casi al extremo de Uruguay al norte (Punta del Diablo queda a 45km de la frontera), ahora iríamos hacia el otro extremo a causa de una invitación que no pudimos rechazar de una pareja uruguaya dueña de un escarabajo, Rolando y María Noel.

Por la distancia, sin apuro y ganas de aprovechar el viaje... partimos el recorrido en dos y saliendo a media mañana, hicimos ruta hasta las 4 de la tarde, hora en la que llegamos a Andresito. En el camino dejamos la arena blanca y las olas refrescantes y nos volvimos a insertar en la zona agropecuaria uruguaya. Las palmeras dieron lugar a la soja y los lobos marinos a las vacas. Asimismo el calor no cesó y de hecho esos días llegó al record histórico de esos días, alcanzando casi los 50 grados centígrados.

No conocimos la ciudad de Andresito. Al menos no conocimos la actual, ya que paramos en la Laguna Andresito donde yace lo que hasta los anos 1980 fue Andresito y se sumergió bajo las aguas del embalse de la represa el Palmar.

A la mañana siguiente partimos hacia Paysandu, 140km nos separaban asique pasado el mediodía llegamos a destino y paseamos por su centro y costanera, antes de buscar la casa de nuestros amigos que nos habían invitado a pasar el fin de año en su casa. Llegamos a conocerlos y a conocer a su hermoso perro mientras tomamos unos verdaderos mates uruguayos (cebados con radicalismo y paciencia) y degustamos un budín hecho por Maria Noel. Paso un tiempo y Gonza acompañó a Rolando al mecánico a buscar su auto y a cargar combustible. Charlas, anecdotas, pasiones compartidas y los dos Escarabajos salieron rumbo a Salto. Una ciudad a 100km al norte de Paysandu, donde la familia de Rolando nos había invitado a pasar dos noches.

Llegamos a la noche a Salto y fuimos a casa de los padres de Rolando, en las afueras de Salto,  donde nos esperaron con picada y pizzas caseras. Compartimos una rica cena y luego nos fuimos al centro de la ciudad, donde sus padres tenían otra casa y ademas un departamento para alquilar que de casualidad estaba libre y fue ofrecido para que los tres pasemos ambas noches ahi.

Terminamos el año viajando, descubriendo, charlando, explorando, sintiendo y juntos. Lo mas importante: Juntos. Nuestra estadia en Uruguay se completo el 1 de enero cuando partimos nuevamente a Buenos Aires a trabajar y la prueba de nuestra carpa y equipo había traído muchas conclusiones que pondríamos en practica antes de volver a la ruta. Había mucho trabajo por delante! Al taller!

 

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