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Somos Jor y Gonza, dos personas apasionadas por viajar, fotografiar y vivir la simpleza de lo cotidiano. Nos conocimos en uno de esos paraísos que tiene nuestro mundo y un día decidimos dejar atrás lo cómodo y conocido para subirnos al Fusca, nuestro WV Escarabajo'80 y dejar que el viento nos lleve.

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We are Jor and Gonza, two young, passionate people, that love travelling, taking pictures and living simply. We met at one of those paradises of our world and one day decided to leave confort and know behind to get on our 1980 VW beetle and let the wind take us. 

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Llevados por el Viento es un blog de viajes mediante el cual intentamos compartir nuestras experiencias y aventuras a través de un recorrido por el continente americano.

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September 28, 2018

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50% Stress + 50% Disfrute = Carretera Austral

April 27, 2016

Dejando el Lago Buenos Aires/General Carrera, seguimos por la Carretera Austral en búsqueda de nuevas aventuras. El bosque frondoso, el increíble río y cascadas que llovían desde los Andes creaban un marco de ensueño, además del camino estar en buen estado, cosa que ayudaba a poder apreciar el paisaje después de un día previo muy tenso.

Mientras remontábamos el Río Murta, nos encontramos de frente con el mítico Volcán Hudson que en la primera década del siglo XXI sufrió una erupción de gran escala, dejando toda la región, incluso la Patagonia argentina hasta el Atlántico, cubierta de cenizas. Con la tarde ya circulando el valle, el sol se escondió rápido y apareció el frío. Encontramos una bajada para estacionarnos y en pocas maniobras ya estábamos instalados en otro campamento agreste.

Gonza aprovechó el río para lavarse la cabeza y el agua glaciar casi le congela las ideas por lo que Jor decidió esperar a otro día.

Volvimos a la CR y disfrutamos de un final de tarde con mates, paisaje increíble y aunque frío, juntos los tres y felices. Obviamente Leia se puso el pijama (guardado para noches y días muy fríos) y nosotros dormimos con todo lo que teníamos de abrigo.  Al despertarnos sentimos el fuerte frío y aunque Gonza prendió ambas hornallas para calentar el ambiente, fue difícil sacar a Jor de la cama, y ni hablar de Leia que parecía ya estar hibernando. Las montañas nevadas daban nota de que el verano nos estaba abandonando y que el otoño patagónico estaba dando el presente.

Desayunamos con el paisaje de altos picos nevados, el Volcán Hudson y a la salida del sol volvimos a la ruta, con la expectativa de llegar a Coyaique, aunque antes debíamos atravesar Cerro Castillo, un parque nacional con una montaña que alude al nombre de la región por sus picos, pero no sólo eso, un tramo del camino en altura y en reparación, con ripio suelto, subidas y bajadas.

Habíamos sido mal informados y esperando que llegásemos a la parte de cornisa del camino que estaba en construcción recién a la tarde, ésta nos sorprendió a la mañana. Llegamos a un área donde la ruta estaba cortada y dejaban pasar vehículos cada 20 minutos de cada lado. Mientras esperábamos, Gonza fue a mojarse la cara a un chorrillo mientras Jor preparaba los primeros mates de la mañana y a los pocos minutos un grupo de 4 ciclistas nos sorprendieron, con dos de ellos habíamos compartido charlas en El Calafate un mes y medio atrás, compartimos alegrías y desafíos ocurridos hasta el momento y aprovechamos para cebarles unos mates.

 

El camino intercalaba trayectos de ripio suelto en construcción, pozos, maquinarias, camiones apurados cargados de madera, piedras o productos ganaderos y un camino ya de ripio pisado y cómodo aunque camino de cornisa.

Por momentos debíamos detenernos en un corte justo en subidas y esperábamos lejos para aprovechar el envión, dejando a todos pasar antes que nosotros saliéramos con toda la potencia del motor 1300 del Fusca. Un poco de nervios, muchos mates, muchos saludos de los trabajadores viales que nos alentaban y para las el mediodía ya estábamos en el poblado de Cerro Castillo, a los pies del Monte homónimo. Estacionamos, almorzamos, paseamos a Leia y descansamos un poco.

Nosotros además de comprar unas verduras en un pequeño mercado, colaboramos con la economía local ya que mientras estábamos estacionados percibimos que habíamos pinchado una rueda del auto. Gonza la saco y llevó a repararla, aunque el gomero (vulcanizador se dice en Chile) como dormía la siesta, la repararía solo para las 3 de la tarde.

Rueda reparada y estábamos listos para encarar los 100 km de asfalto que nos quedaban para llegar a Coyaique, capital de la XI Región, donde además de aprovechar para re-abastecernos de alimentos, también realizaríamos un cambio de aceite al auto.

 

El camino abandonando el Cerro Castillo se despide lentamente de los Andes y viaja hacia el noroeste en búsqueda del Océano Pacífico. Si bien las ondulaciones del terreno continúan, la vegetación nos despide y le damos la bienvenida a una zona árida y con grandes campos ganaderos y lo más importante: el asfalto!

Así mismo, con cada kilómetro se suman más vehículos y con la llegada de la tarde nos adentramos a la ciudad. Muchos kilómetros han pasado desde que vemos un semáforo, un cartel de prohibido estacionar o hasta un ómnibus de transporte urbano. Cargamos combustible y averiguamos sobre lugares para realizar el cambio de aceite, pasamos por varios para averiguar precios y horarios y nos decidimos por uno donde además de ser más barato también podríamos estacionarnos en la puerta a pasar la noche (se encontraba en una calle cortada por una obra).

 

Coyhaique o Coihaique fue fundada en 1929 lo que la hace una de las ciudades más jóvenes de Chile. Como hemos visto en la tradicional toponimia tehuelche, aike hace alusión a lugar y en este caso, al lugar de la laguna. La ciudad está rodeada por dos ríos (Simpson y Coyhaique) y cerros que están cubiertos de nieve.

Entre 1903 y 1906 se instaló en el valle del río Coyhaique la administración de la compañía más importante de la Región la Sociedad Industrial del Aysén, que se dedicaba a la cría de ovejas. El 12 de octubre de 1929, se fundó el pueblo de Baquedano, que luego cambiaría de nombre por el de Coyhaique, ciudad que hoy alberga más de 50.000 habitantes.

 

Aprovechamos la ciudad para lavar ropa, ir al mercado y Jor se dio una ducha en un Hostel cercano a nuestro lugar de estacionamiento.

 

A las 9 de la mañana Gonza llevó al auto a realizar el cambio de aceite al que acrecentamos con un aditivo para los próximos kilómetros de ripio que nos faltaban (aconsejados por el Dr. Gaston, nuestro mecánico de confianza en Buenos Aires). Mientras tanto, Jor descansaba y luego se dedicaba a acomodar la casa y prepararnos para la partida nuevamente. Nuestro día de viaje era exactamente el 365 y queríamos festejarlo descubriendo un fiordo chileno y almorzando un plato típico en el Pacífico, entonces apenas terminado los trámites, nos preparamos para partir.

 

Desde la capital bajamos hacia el Pacífico y cruzamos un hermoso valle que nos llevó a encontrarnos entre imponentes montañas acompañados del Río Simpson hasta abandonar la Ruta 7 e irnos hacia el Oeste a la altura de Puerto Dunn y tomar la ruta 240 en dirección Puerto Aysén y Puerto Chacabuco.

Mientras que el primero es un puerto sobre el Río Aysén (donde desemboca el Río Simpson, entre otros), el segundo ya se encuentra en un fiordo, el fiordo Aysén (nombre que deriva del inglés Ice End) bautizado por navegantes ingleses provenientes del sur, como fin de los hielos, mientras los nativos lo llamaban "tierra de lluvias" y de hecho aprendimos que con casi 3 metros anuales es el lugar donde más llueve en todo el territorio chileno.

 

En 1968 se construyó el puente Presidente Ibáñez, uno de los más largos del país, que cruza el Río Aysén y que hoy es Monumento Nacional. La bonanza del puerto y razón por la que se construyó semejante puente radicaba en la salida de productos ganaderos de la zona. Pero la cantidad de sedimentos arrastrados por el Río Aysén fue creando muchos bancos en el puerto, impidiendo la llegada hasta el muelle de embarcaciones de mayor calado y así el puerto fue trasladado entonces a su actual ubicación en Puerto Chacabuco, a 20 km hacia el oeste.

 

Puerto Chacabuco se encuentra emplazado en el Fiordo Aysén, región explorada por primera vez con bandera chilena en 1870 (antes navegantes españoles e ingleses ya habían circuncidado sus costas) al mando de una corbeta, la corbeta Chacabuco, cuyo comandante era Enrique Simpson, ambos nombres hoy plasmados en la toponimia local.

 

Nosotros queríamos conocer los fiordos chilenos y llegando a nuestro festejo de "un año de viaje" deseábamos hacerlo con un plato típico. Llegamos a Puerto Chacabuco con una expectativa muy alta de un pintoresco pueblo y nos encontramos con una localidad abandonada, donde dos grandes industrias dominan el paisaje, un muelle donde los barcos de pesca bajan su mercadería y ésta se procesa para exportación y otro muelle donde desembarca petróleo traído del mar.

 

Dimos vueltas y vueltas con la esperanza aún latente y no encontramos nada... Decidimos retornar hacia Aysén cuando en una calle en dirección a la salida del puerto, nos topamos con tres hombres que parecían pescadores (por sus ropas y por estar de lado de cajones de pescados y cangrejos) tomaban unas cervezas. Nos detuvimos y Gonza fue a preguntarles por un lugar donde comer.

Jor y Leia observaban desde el Fusca mientras Gonza volvió hacia el auto con destello en sus ojos y alegría en su rostro: "el señor nos dice que su madre nos cocina, si queremos" le dice Gonza a Jor. La alegría es transmitida de uno a otro mientras Leía se empapa de olor a pescado que entraba por la ventana y vive su propia aventura mental.

 

Ricardo, el pescador, estaba festejando el nacimiento de su primer nieto y lo interrumpió para llamar a su madre y comentarle el plan. Eligió dos corvinas y nos acompañó hasta la casa de su madre, Doña María, que vivía en lo alto de la Colina, rodeada por casas de sus hijos, ambos dedicados a la pesca.

Apenas llegamos Doña María comenzó con la producción y mientras su hijo fue a comprar unas verduras, llegó su otra hija, también María, a hacerle compañía. Conversamos mucho sobre la vida y desafíos y alegrías de vivir en la zona y luego nos deleitamos con un ensopado y una corvina empanada con arroz y tomate. Fue un lujo y una manera impresionante de festejar nuestro primer aniversario viajero!

Ya eran las 4 de la tarde y era hora de salir de Puerto Chacabuco, así que encaramos la ruta de vuelta para empalmar nuevamente con la Ruta 7, el desvío hacia el Pacífico había dado sus frutos.

 

Manejamos dos horas hasta pasar la localidad de Mañihuales y mientras bordeábamos el río con el mismo nombre, vimos un lugar perfecto para pasar la noche. Aprovechamos un puente, cruzamos y montamos campamento, mientras Leía corría sin parar... Muchos días aprisionada!

Gonza nuevamente se bañó en el río, tomamos unos mates y finalizamos uno de los días más lindos de la Carretera Austral.

La noche fue muy fría y así también la mañana, por lo que amaneció con una tremenda bruma que cubría el paisaje, incluyendo a nosotros mismos. Leia no mostraba señal de querer salir de la cucha hasta que el sol levante la temperatura, y Jor igual, pero mientras Leía viaja de pijama sin problema, Jor tuvo que hacer el esfuerzo de levantarse en el frío y levantar campamento.

 

A las 9 salimos de nuestro estacionamiento y retomamos la ruta, mientras los rayos del sol entraban por el angosto valle, nosotros comenzamos a subir las montañas hasta encontrarnos con las nubes y de repente, estábamos dentro de ellas… balizas puestas y poca velocidad frente a este camino sinuoso sin banquina, frío y que parecía interminable.

 

Una hora más tarde seguíamos dentro de esta condensación hasta que bajamos la montaña y nos encontramos con una vegetación aún más frondosa que la que habíamos experimentado y un valle atravesado por Ríos color turquesa que bajaban a toda velocidad hacia el Pacífico.

 

Detectamos que teníamos una rueda de la CR baja, y tratamos de inflarla para seguir camino con nuestro mini compresor.  A pocos kilómetros se acababa el asfalto y nos encontramos con un cartel que anunciaba el desvío a Puerto Cisnes, otra localidad en un fiordo, esta vez, el Fiordo Puyuhuapi.

Unos simpáticos carabineros que estaban haciendo control en la ruta nos convencieron que aunque fuesen 32 kilómetros de desvío, el pueblo era bonito y valía la pena conocerlo… y hacia allá fuimos...

 

Tomamos la ruta X24 y el paisaje de un valle que atraviesa los Andes hacia el océano va abriéndose camino acompañado de un imponente río, el Río Cisnes, 17 km de asfalto y 15 de ripio hasta llegar a este simpático poblado de origen pesquero que hoy también vive económicamente gracias al turismo carretero.

Nosotros paseamos, almorzamos en la CR, llevamos a Leia a correr por la playa aunque no se animó a meter sus patitas en el agua helada del Pacífico, y luego de cargar nafta, chequear la presión de cubiertas, etcétera, partimos de nuevo hacia la Carretera Austral.

Aprovechamos el camino de vuelta para sacar nuestra foto del año frente a los imponentes Andes cubiertos de verde con glaciares en sus techos.

Volvimos al ripio y sabíamos que éste sería nuestro compañero por cientos de kilómetros más ya que entre Coyaique y Puerto Cisnes habíamos tenido asfalto, pero acá se terminaba.

 

A pocos km del empalme, entramos en el Parque Nacional Queulat  y comenzamos a subir y subir, subir y subir... Por un camino que si bien tenía curvas pronunciadas era lo suficientemente ancho como para poder ver quién venía desde arriba y también doblar en ángulo suficiente como para no estresarse. En la cumbre de esta montaña un hermoso glaciar y un sendero (del Bosque Encantado) que hacia allá invita. Nosotros queríamos seguir viaje e intentar de visitar otro sendero, el del Glaciar Colgante, así que continuamos camino.

 

"Todo lo que sube, baja" y así nos encontramos con la Cuesta de la Espera, una bajada en caracol de 10 kilómetros donde los frenos de la CR y los rebajes al motor del Fusca, fueron los protagonistas.

 

A la bajada, ahí estaba, al fondo de la ruta, el Ventisquero Colgante, Queulat y hacia él nos dirigimos.

Eran las 5 de la tarde y llegamos a la portería del PN a las 5:20 pero el guardaparque no nos dejó entrar ya que aludía que el parque cierra a las 6 y no era buena idea que entremos en ese horario. La falta de flexibilidad chilena se hizo presente pero nuestro buen día no se iba a opacar por ello, por lo cual seguimos unos kilómetros más hasta encontrar un lugar donde pasar la noche y retornaríamos al día siguiente a Queulat.

 

Encontramos un campamento vial abandonado, al lado del Río Ventisquero, que bajaba del glaciar con fuerza, ruido y con un color celeste invitando a acercarnos pero con respeto. Estacionamos y nos fuimos los tres con termo de mate y jabón para bañarnos a la orilla del río.

El día siguiente amaneció muy nublado, tanto que el Ventisquero Colgante no se veía, pero aun así fuimos hacia la portería del Parque, donde comenzó a lloviznar. Enojados (ya que si nos hubiesen dejado pasar el día anterior hubiésemos disfrutado de una increíble vista… la misma que ahora estaba cubierta de nubes) decidimos darle nuestra devolución al guardaparque, por lo cual Gonza bajó del Fusca y fue a realizar su descargo frente al empleado público.

Su jefe y compañeros lo defendieron pero nada resolvió con la frustración de los visitantes que se irían del lugar sin poder conocer el atractivo, a causa de un capricho inflexible de un guarda-parque.

 

Volvimos a la ruta y fuimos hasta Puyuhuapi, localidad emplazada al fondo del Fiordo, con arquitectura alemana y checa consecuencia de la inmigración original que llegó a toda la región a principios del siglo XX (1930). Caminamos por el pueblo, usamos la wifi y baños de la secretaria de turismo y realizamos compras para el almuerzo.

La carretera, si bien de ripio con leves subidas y bajadas, está en mucha mejor forma que los tramos anteriores por lo cual para el mediodía ya habíamos llegado a La Junta, a 100 km de nuestro punto de partida. Descansamos al auto y cargamos combustible, pero seguimos hasta reencontrar el asfalto y nos detuvimos en un mirador del Río Frío a comer. El día seguía nublado y con bajas temperaturas, altas montañas cubiertas por nubes y ríos color verde esmeralda que caudalosos nos acompañaban por la ruta.

A las 4:30pm llegamos a Villa Santa Lucía, donde la Carretera Austral empalma con la ruta CH235 que va hacia Futaleufú (frontera con Argentina) y desde donde hay 80 km hasta Chaitén (final de la Carretera Austral y desde donde se sigue por Ferry hacia Puerto Montt o Isla de Chiloé).

 

Debatimos nuestros planes y frente a las opciones (seguir, parar o ir hacia Futaleufú) pecamos de confianza y seguimos la Carretera Austral con hambre de conquista.

 

Apenas pasada la Villa Santa Lucía comienza un camino de ripio en reparación (los peores tipo de ripio ya que acostumbran estar en permanente movimiento y esto hace del camino una superficie suelta y con pozos, arena volcánica y charcos de agua). Muchas subidas, largas, ripio suelto y un cielo que ya nublado y oscuro comenzó a bajar sobre nosotros (o nosotros comenzamos a subir hacia él). Pasada la subida, bajamos y el camino se estabilizó un poco, hasta que llegamos a un corte, 16 km más tarde, al inicio de una subida, subida de ripio suelto, con pozos en el camino (que impiden tomar envión). El corte se liberó e intentamos subir, pero una combinación de suelo ineficaz, ruedas de la CR gastadas (lo aprenderíamos a partir de esta situación) y una de ellas muy baja… todos estos factores sumados, nos obligaron a retroceder y dar nuestra espalda frente a Chaitén. Nerviosismo dentro del Fusca porque aún había que transitar los 16 km de regreso y de hecho lo conseguimos pero bajo la presión y estrés acumulado.

 

Volvimos a Santa Lucía y llevamos la cubierta a revisar. Una verdadera villa, de 250 habitantes, con mucho olor a leña quemada y humos saliendo de las casas de madera le dan un estilo bien romántico y agreste. En cuanto sacamos la rueda de la CR nos dimos cuenta de la situación en la que estaba, "los alambres" de la misma estaban en muy mal estado y era hora de cambiarlas. Por el momento pondríamos la rueda de auxilio en su lugar y a la llegada a alguna ciudad más grande compraríamos una rueda para reemplazar la izquierda. Pagamos una ducha en un hostal y nos estacionamos en la puerta de una Iglesia, casi que buscando protección divina.

Luego de un baño, ya en la CR instalados y cenando debatimos sobre el futuro y decidimos ponerle un fin a esta etapa. Habíamos cumplido un año rodando y habíamos sometido al Fusca y a la CR a más de 30.000 km de diferentes superficies, climas, vientos, altitudes, latitudes y la mejor enseñanza que nos llevaríamos era que "no se puede hacer todo" y así dejamos la Carretera Austral al día siguiente y comenzamos a manejar en sentido Este, para volver a la Argentina y para volver al asfalto.

 

Salimos de Villa Santa Lucía con un único objetivo: acabar con el viaje sobre caminos de ripio que nos acompañaba y azotaba desde hacía ya 1000km y más de una semana. Desde esta villa hasta Futaleufú (poblado fronterizo), eran menos de 70km asique decidimos dormir hasta que descansemos de los cansancios de los días previos y recién al mediodía estábamos listos para partir.

 

Gonza llevó la rueda derecha de la CR a reparar y cuando la sacó se dio cuenta de que estaba muy gastada, de hecho, ambas lo estaban, por lo cual a nuestra próxima parada cambiaríamos las ruedas. Mientras tanto, Jor se quedó preparando la casa para la partida y a las 12:30 ya estábamos en la ruta CH-235 subiendo los valles en dirección al Atlántico. Con un sol tímido y nubes bajas, recorrimos el camino de ripio costeando el Lago Yelcho y luego su fuente principal de agua, el Rio Futaleufú.

 

Poco a poco empezamos a ver patentes argentinas en autos que nos cruzaban (era fin de semana y así muchos compatriotas cruzan a Chile de excursión desde diferentes ciudades argentinas), los pasivos volcanes quedaban a nuestras espaldas y a nuestros lados mientras surcábamos sus valles.

 

La historia de los volcanes en esta región es muy presente ya que son varias las erupciones que ha habido en los últimos 20 años y sus poblaciones han sido claramente marcadas por ellas.

 

Nosotros mientras recorríamos el camino, reflexionábamos sobre eso, recordando fotos e historias sobre estos eventos. Poco a poco, el Rio Futaleufú (del mupundung, idioma nativo: Río Grande o Gran Río) va tomando protagonismo, por su intenso color, su imponente fuerza y por su volumen; nosotros nos encontramos con un puente de acceso a una estancia y decidimos parar a sacar unas fotos.

Cada tanto nos cruzábamos con embarcaciones estacionadas, preparándose o simplemente guardadas, de tipo rafting o kayaks, deportes tradicionales de la zona que se aprovechan de los “rápidos” del rio para navegarlo a altas velocidades. De vez en cuando, el rio también pierde velocidad y es posible ver personas practicar la pesca “de mosca” (que es una carnada que alude a insectos, alimento típico de salmónidos como las codiciadas truchas), típica de la Patagonia.

También paramos en un arroyo menor a cargar agua cristalina y a descansar un poco, ya que era un día para tomarlo despacio. Decidimos que nos quedaríamos una noche más en Chile, para no irnos con el sabor amargo del día anterior. Buscamos varios puntos pero ninguno nos enamoró así que seguimos. Llegamos a Futaleufú a las tres de la tarde y nos detuvimos en su plaza principal donde había wifi y además baños públicos al lado de la oficina de turismo. Aprovechamos todas estas instalaciones y caminamos un poco por el simple y bonito pueblo que nos invitó a quedarnos unos días descansando frente a la Laguna Espejo.

Futaleufú es un pueblo bien chico que si bien se extiende a las zonas rurales, se respira un aire de tranquilidad y solidaridad. Entre gigantes volcanes y a orillas del gran río, casitas de madera, muchas rosas en sus calles y locales cerrados al mediodía, nos conquistaron para que nos quedemos durmiendo la siesta y para que a la tarde salgamos a merendar y probar frutos (en forma de tartas) y cerveza local.

La sonrisa nos volvió y así al día siguiente que amaneció lluvioso y ventoso, decidimos quedarnos a pasar un segundo día estacionados frente a la laguna, descansando y concluyendo sobre nuestros pasados 10 días. Es bueno tomarse el tiempo para planear las cosas, como para hacerlas, pero sin dudas también para disfrutarlas a la distancia una vez hechas. Este fue nuestro día. Con el amanecer el viento se había ido y como cómplice de esta idea, nos ofreció la vuelta al camino, la vuelta a Argentina y así partimos con rumbo a la frontera que estaba a meros 10 kilómetros.

 

Luego de sellos, aduanas y fotos de los curiosos, llegamos a Trevelin, pueblo agrícola-ganadero con una gran vista de los Andes. Paramos en el centro del pueblo y tomamos una de las mejores duchas del último mes en su oficina de turismo (donde alquilan la ducha por 0,75 centavos de dólar). Además, nuestra llegada coincidía con la feria provincial del productor, asique fuimos al Gimnasio Polideportivo a probar productos locales y conocer más sobre el lugar que sería nuestro hogar por las próximas semanas. La bienvenida y el “timing” eran perfectos. Pero se vendrían sorpresas aún más gratas!

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